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La historia oculta
de las manos del Che
Domingo,
16 de abril de 2006, Por
CARMEN DE CARLOS.-
Alguien
recuerde el poema del gran
Pablo Neruda:"le
cortaron las manos y aún golpea con ellas."
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EL
CHE MUERTO
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Cuarenta años
después de la desaparición de las manos del guerrillero
sin fronteras, un antiguo cuadro del Partido Comunista boliviano, Juan
Coronel, revela cómo las llevó a Moscú y cómo
terminaron en poder de Fidel Castro
«Eran robustas... daban la impresión
de que habían sido cercenadas
con
instrumental inadecuado»
SANTA CRUZ DE LA SIERRA
(BOLIVIA). «Córtenle las manos y pónganlas enformol».
La orden del general Alfredo Ovao Candia, comandante en jefe de las Fuerzas
Armadas bolivianas, se cumplió en la madrugada del 10 de octubre
de 1967, como precisó en su día el cubano y agente de la
CIA exiliado en Miami Félix Rodríguez. Los únicos
testigos de la amputación fueron militares. La prensa se había
retirado a dar cuenta de que el Che, el diablo, el guerrillero sin fronteras,
había muerto la tarde anterior en la escuela de la Higuera. Las
fotografías de su cuerpo dieron la vuelta al mundo, pero el
cadáver que mostraban ya no existía. El verdadero estaba
mutilado.
Ovando temía que Fidel Castro negase la muerte de Ernesto Che Guevara
e incluso llegó a plantear que lo decapitaran y le hicieran llegar
la cabeza como prueba «fehaciente». Las explicaciones de Rodríguez,
en el sentido de que no era adecuado que alguien andase de un lado a otro
«con la cabeza de un ser humano», le convencieron: «Córtele
un dedo que nosotros tenemos sus huellas digitales de la Policía
Federal argentina», sugirió el cubano. Ovando asintió
pero, para que no hubiera lugar a dudas, quiso las dos manos. En Buenos
Aires certificaron la identidad del muerto y devolvieron los restos a
Bolivia. A partir de ahí, como el cadáver de Evita, recorrerían
medio mundo.
«El ministro de Gobierno, Antonio Arguedas Mendieta, recibió
el paquete junto con una mascarilla mortuoria en yeso que le habían
hecho. Consultó al cascarrabias de Ovando que debía tener
un mal momento (tenía una úlcera), y éste le dijo:
«Haga usted lo que le de la gana». Él lo tomó
al pie de la letra. Excavó un hoyo en su dormitorio y enterró
dentro los despojos del Che».
Al recordar esta historia, Juan Coronel, de 69 años, antiguo responsable
de la Comisión Nacional de Prensa del Partido Comunista Boliviano,
rescata los detalles que precedieron a la misión que habría
de desempeñar como «correo» de los restos del guerrillero.
«Arguedas cayó en desgracia por enviar una copia microfilmada
del diario del Che a Castro... pide asilo en la Embajada de México
y desde allí llama a su amigo Víctor Zannier. Le pide que,
con un hijo suyo, desentierre las manos del Che y la máscara de
su dormitorio. Después tendría que ocuparse de que también
llegaran a Cuba».
«No olía a nada»
Zannier delegó la misión del viaje en Jorge Sattori, de
39 años, y Juan Coronel, de 32. «Se suponía que al
ser los dos del PC teníamos una infraestructura... Nos vimos la
noche del 22, 23 ó 24 de julio de 1969 y aceptamos la misión».
Luego «entramos en mi cuarto y abrimos el bolsón. No olía
a nada. Contenía dos bultos de tamaño regular envueltos
en periódicos viejos y asegurados con un piolín (cordel).
Deshicimos el primero y nos encontramos con un frasco cilíndrico
de unos 25 centímetros de alto por 18 de diámetro sellado
con lacre rojo. En el interior flotaban en un líquido parduzco
dos manos humanas. Eran robustas, aparentemente de un hombre fuerte. Estaban
cubiertas por un bello fino y las muñecas daban la impresión
de que habían sido cercenadas con instrumental inadecuado porque
el corte era muy irregular». Quedaba el segundo «bulto. Era
una mascarilla donde se veían en negativo las facciones del Che.
La impresión fue tremenda. Una vez repuestos, volvimos a empaquetar
todo y guardamos el bolsón debajo de mi cama. Ahí permaneció
cinco meses, los que necesitamos para preparar la entrega».
«Elegimos el «campo socialista» (este de Europa). Viajaría
yo solo el último domingo de diciembre de ese 1969, ya que al ser
fin de año los controles serían menos rigurosos».
Con el problema financiero resuelto, Juan Coronel cerró el itinerario
y organizó su maleta. «Llevé sólo el bolsón.
Dentro incluí ropa interior y un par de camisas... No facturé
nada».
La ruta no podía ser más complicada. En la primera fase
«volé con Iberia en un avión «lechero»
que hacía Santiago-La Paz- Lima-Guayaquil-Bogotá-Caracas-Madrid».
Llegó a España el 29 de diciembre. Tras esatar en tránsito
«tres o cuatro horas, abordé un avión de Air France
hasta el aeropuerto de Orly. Siempre con mi bolso en mano. En ninguna
escala me revisaron».
Con «La Pasionaria»
Al día siguiente, Juan Coronel y su «bolsón»
volvieron a viajar con Air France, esta vez destino Budapest. De la ciudad
húngara viajó a Moscú. Su contacto en la ciudad le
anunció: «Te vamos a llevar al hotel del partido. Era muy
bueno, podías solicitar desde cigarrillos hasta champán
sin coste alguno. Ahí coincidí con «La Pasionaria».
Dolores Ibárruri debía tener entonces unos 70 años,
alta, bien plantada... Era de un físico imponente. No me atreví
a hablar con ella. Tampoco con Santiago Carrillo y Enrico Berlinger con
los que me cruzaba. ¿Una pena, no?».
En Moscú debía encontrarse con Víctor Zannier. «El
5 de enero, a las nueve de la mañana, Zannier y yo estábamos
en la Embajada de Cuba para gestionar nuestro viaje a La Habana».
En la legación diplomática fueron recibidos por el primer
secretario, que «desconocía la historia. Quedó en
que nos llamaría después de consultar con la Cancillería
cubana. Así fue y esa misma tarde citó sólo a Zannier.
«Regresó con gesto contrariado y me dijo: «Cuba autoriza
mi viaje pero no el tuyo porque eres militante del Partido Comunista traidor,
del boliviano que traicionó al Che Guevara»». Coronel,
atónito después de la travesía y los riesgos que
había corrido, le dijo: «No sé qué hacer. He
traído esto por cuenta del PC con el encargo de entregarlo en La
Habana».
«¿Qué derecho tenía yo de impedir que esas
manos llegasen a Cuba, el pueblo que tanto amó el Che? No tenía
ningún derecho por mucho que me hubieran ofendido». Esa misma
noche, «5 de enero de 1970, el diplomático y Zannier se fueron
a La Habana en un vuelo de Cubana de Aviación». Castro inspeccionó
las manos y la mascarilla. «Si se las entregó Zannier, el
secretario de la Embajada u otro funcionario no lo sé».
Por CARMEN DE CARLOS.-
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