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EN
BUSCA DEL HONGO MÁGICO
En las sierras de México, un banquero neoyorquino participa en
antiguos ritos practicados por indios que acostumbran a masticar raros
hongos alucinantes
por R. GORDON WASSON
PREPARANDO
LA CEREMONIA en que el autor mascó hongos alucinadores y vio visiones,
la curandera Eva Méndez coloca las setas sobre el humo que despiden
al quemarse ciertas hojas aromáticas.
El autor de este artículo,
uno de los vicepresidentes de J. P. Morgan & Co. Incorporated, ha
pasado los últimos cuatro veranos en remotas sierras de México,
en compañía de su esposa, la Dra. Valentina P. Wasson, pedíatra
de Nueva York. Los esposos Wasson se han dedicado a estudiar ciertos hongos
de cualidades alucinadoras, hasta hoy no conocidos.
Durante 30 años han indagado el papel de los hongos silvestres
en la cultura universal. En sus viajes por el mundo, han hecho sorprendentes
descubrimientos en un campo científico en el cual son precursores.
Sus hallazgos están compilados en el libro Mushrooms Russia and
History obra monumental de dos tomos copiosamente ilustrada, cuya primera
edición -limitada a 500 ejemplares- (Pantheon Books, Nueva York).
En la noche del 29 de junio de 1955, y en una aldea mexicana tan lejana
que la mayoría de habitantes no hablan español, mi amigo
Allan Richardson y yo compartimos con una hospitalaria familia india una
"comunión sagrada", en la cual se adoraron, primero,
y se consumieron, luego, ciertos hongos "divinos". En la ceremonia
religiosa los indios mezclaron ritos cristianos y paganos en forma desconcertante
para el cristiano, pero natural para los indígenas. Dirigieron
el ritual dos mujeres, madre e hija, ambas curanderas; y el oficio se
celebró en lengua mixeteca. Los hongos producen visiones a quienes
los comen. Mi amigo y yo masticamos y tragamos las setas, tuvimos alucinaciones,
y salimos aterrados del trance. Habíamos venido de muy lejos para
participar en la ceremonia, mas no esperábamos nada tan asombroso
como la pericia de las curanderas oficiantes y los estupefacientes efectos
de los hongos. Richardson y yo fuimos los primeros blancos que comimos
los hongos divinos, cuyas propiedades guardan en secreto, desde hace muchos
siglos, varios grupos de indígenas que viven al margen del progreso
en el sur de México. Ningún antropólogo ha descrito
hasta hoy la escena que allí presenciamos.
Richardson es fotógrafo de la sociedad neoyorquina y director de
educación visual en la Escuela Brearley, y yo soy banquero. Pero
no fue obra del azar nuestro encuentro en la cámara subterránea
de una pequeña choza indígena con paredes de adobe y techo
de paja. Por cuarta vez hacíamos un viaje a México, a la
sierra de Oaxaca, atraídos por el rito de los hongos. Para mi esposa
-que llegaría con nuestra hija al día siguiente- y para
mí, aquella aventura sería la culminación de casi
30 años de estudio del extraño empleo de hongos alucinantes
en las culturas de primitivas de Europa y Asia.
Así fue como cierta noche del mes de junio mi amigo Allan Richardson
y yo nos encontramos en las sierras del sur de México, alojados
en la choza de una familia aborigen de la sierra Mixeteca, a 18.095 m.
de altura. (aquí debería poner pies, pero la traducción
pone metros)
Como nuestra estada sólo podía durar más o menos
una semana, no había tiempo que perder. Fui a la municipalidad
donde, sentado a solas frente a una gran mesa, encontré al "síndico",
un indio como de 35 años llamado Filemón, que hablaba español.
Aprovechando su actitud amistosa, me incliné sobre la mesa y le
pregunté en voz baja si podía hablarle con absoluta confianza.
Lleno de curiosidad, me alentó a continuar. "¿Puede
ayudarme a conocer los secretos del hongo divino?", le dije, empleando
el nombre mixeteco de la planta sagrada, 'nti sheeto, pronunciando con
exactitud el "saltillo" que precede la voz y los tonos musicales
de las sílabas. Cuando se repuso de la sorpresa, me contestó
con amabilidad que nada le sería más fácil, y me
invitó a "pasar por su casa" a la hora de la siesta.
Allan y yo llegamos allí a eso de las 3 p.m. La casita de Filemón
está en la falda de una montaña, entre una vereda que pasa
al nivel del piso superior, y un profundo barranco. Filemón nos
guió enseguida, barranco abajo, a un lugar donde abundan los hongos
divinos. Después de tomar fotografías recogimos y guardamos
unos cuantos en una caja de cartón y regresamos, trepando con dificultad
por el barranco, bajo el intenso calor húmedo de aquella tarde
tórrida. Sin darnos tiempo para descansar, Filemón nos despachó
monte arriba, para que conociéramos a Eva Méndez, la curandera
que oficiaría el rito de los hongos. La mujer, amiga de Filemón,
es una "curandera de primera categoría", "una señora
sin mancha". La encontramos en la casa de su hija -que tiene la misma
vocación de la madre- recostada sobre una estera y descansando
de las fatigas de una ceremonia celebrada la noche anterior. Eva, una
mujer madura, tiene una expresión espiritual y una presencia que
nos impresionaron. Les mostramos los hongos a las dos mujeres y ambas
elogiaron, con exclamaciones de júbilo, la firmeza, lozanía
y abundancia de aquellos tiernos ejemplares. Por medio de un intérprete
preguntamos si podríamos utilizarlos aquella misma noche. Dijeron
que sí.
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LA
CASA donde se celebraron los ritos con hongos es de adobe,
y techo saliente de paja. A la derecha, abajo, está la puerta del
cuarto de ceremonias.
UNAS 20 personas nos
congregamos en la sala del piso bajo de la casa de Filemón, poco
después de las 8. Allan y yo éramos los únicos extranjeros,
y los únicos de toda la concurrencia que no sabíamos hablar
mixeteco.
Sólo Filemón y su esposa podían hablarnos en español.
Nunca se nos había dispensado, entre campesinos indígenas,
una acogida como la que allí nos tributaron. No nos trataron fríamente,
como blancos intrusos, sino como sí fuéramos de los suyos.
Se presentaron luciendo su mejor ropa: las mujeres, de huipiles trajes
indígenas; los hombres, de pantalón blanco, sujeto con cuerdas
a la cintura, y un vistoso sarape sobre la camisa blanca y limpia. Nos
instaron, algo ceremoniosamente, a beber chocolate, y recordé de
pronto que un antiguo cronista español ya había explicado
que antes de servirse los hongos, se tomaba chocolate. Imaginé
lo que nos esperaba. Al fin comprobaríamos que aún subsistía
el antiguo ritual indígena de la comunión, y nosotros íbamos
a ser testigos. Los hongos, que estaban en su caja, eran mirados con acatamiento,
aunque sin solemnidad. Son sagrados: jamás se los emplea para dar
incentivo a un regocijo vulgar, como, a menudo, el blanco hace con el
alcohol.
A eso de las 10:30 p.m. Eva Méndez limpió los hongos y luego,
entre oraciones, los pasó por el humo del incienso de copal que
ardía en el suelo. Hizo esta operación sentada en una estera,
ante una rústica mesa convertida en altar y adornada con imágenes
cristianas del Niño Jesús y el Bautizo en el Jordán.
Después repartió los hongos entre los adultos, reservando
13 pares para ella y otros tantos para su hija. (Los hongos se cuentan
siempre por pares.) En suspenso esperé hasta que la curandera,
volviéndose hacia mí, me dio seis pares en una taza. No
podía sentirme más feliz: había sonado la hora decisiva
tras muchos años de investigación. Allan recibió
también seis pares, agitado por encontradas emociones. Mary, su
esposa, había consentido en que me acompañara sólo
con la condición de que no probaría aquellos detestables
hongos. Ahora, ante el dilema, le oí musitar con angustia: "Dios
mío. ¿Qué dirá Mary?" A continuación
todos comimos los hongos, masticándolos lentamente, por espacio
de media hora. Tenían un sabor desagradable, amargo, y un olor
rancio y penetrante. Allan y yo estábamos decididos a resistir
los efectos que pudieran causarnos para observar mejor lo que allí
aconteciera aquella noche. Sin embargo, nuestra resolución se desvaneció
ante el poderío de los hongos.
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RECIBIENDO
los hongos, Wasson toma la ración nocturna de manos de la curandera
Eva Méndez. Atrás (derecha) se ve al antropólogo
francés que lo acompañó, Guy Stresser-Péan,
que ya ha comenzado a masticar su porción.
COMIENDO
los hongos lentamente, como escostumbre, Wasson los saca de una taza que
contiene su ración. Entre tanto, la curanderareza ante un altar
doméstico. Wasson tardó media hora en comer los doce hongos.
Antes de la medianoche,
"la señora" (como llaman a Eva Méndez) arrancó
una flor de un ramo que estaba sobre el altar y con ella apagó
la llama de la única vela que aún ardía. Quedamos
a obscuras y a obscuras permanecimos hasta oír el canto del gallo.
Por espacio de media hora, aguardamos en silencio. Allan sintió
frío y se envolvió en una frazada. Pocos minutos después
se inclinó y me dijo al oído: "Gordon, estoy viendo
visiones." Le aconsejé que no se preocupara pues yo también
las veía. Las alucinaciones, que ya habían comenzado, alcanzaron
mayor intensidad a altas horas de la noche, y continuaron con la misma
fuerza hasta alrededor de las 4 a.m. Las piernas nos flaquearon ligeramente
y al principio sentimos náuseas. Nos echamos sobre una estera,
pero nadie deseaba dormir, con excepción de los niños, que
no habían comido hongos.
Jamás habíamos estado tan despiertos, y las visiones aparecían,
tuviéramos los ojos cerrados o abiertos: brotaban del centro del
campo visual y se extendían conforme se acercaban, vertiginosa
o pausadamente, según el ritmo que nuestra voluntad eligiera. De
vivos colores, eran siempre armoniosas. Empezaban como motivos artísticos,
angulares, como los que podrían adornar una alfombra, una tela,
un tapiz o la mesa de trabajo de un arquitecto. Luego se convertían
en palacios, con patios, arquerías y jardines, palacios esplendorosos,
recamados de piedras semipreciosas. Vi luego una bestia mitológica
tirando de una carroza real.
Más tarde tuve la impresión de que las paredes se habían
disuelto y yo, suspendido en el vacío y con el espíritu
ya liberado, contemplaba panoramas montañosos, cordilleras escalonadas
que llegaban hasta el mismo cielo y por las cuales cruzaban unas caravanas
de camellos.
Tres días después, al repetir el experimento en el mismo
cuarto y con las mismas curanderas en lugar de montañas vi aguas
diáfanas que fluían por un juncal infinito y hacia un mar
inconmensurable bajo la luz pálida del sol poniente. En esta ocasión
apareció un ser humano, una mujer de vestidura primitiva que de
pie contemplaba el horizonte; una mujer enigmática, bella como
una escultura, pero una escultura viva y cubierta con prendas bordadas
y multicolores. Me parecía estar al margen de un mundo del cual
yo no formaba parte, un mundo con el cual no podía establecer contacto.
Ahí estaba yo, suspendido en el espacio, ojo penetrante, invisible,
incorpóreo, que veía sin ser visto. De contornos claramente
definidos, de líneas y colores precisos, las visiones parecían
más reales que cualquier objeto visto hasta entonces con los propios
ojos. Tuve la sensación de distinguirlo todo con absoluta claridad,
sin las distorsiones de la visión corriente. Veía los arquetipos,
las "ideas platónicas" que fundamentan las imperfectas
imágenes de la vida cotidiana. En mi mente surgió un pensamiento:
¿Encerrarían estos hongos milagrosos el secreto recóndito
de los antiguos misterios? ¿Sería aquella asombrosa movilidad
de que yo gozaba la explicación del mágico vuelo de las
brujas en el folklore de los pueblos nórdicos de Europa? Desfilaban
estas reflexiones por mi cerebro mientras las visiones poblaban mis retinas,
pues por efecto de los hongos se produce una escisión del espíritu,
un desdoblamiento de la personalidad, una especie de esquizofrenia en
que lo racional continúa razonando y observando las sensaciones
de que lo perceptivo disfruta. La mente se mantiene ligada, como por una
cuerda elástica, a los sentidos errabundos.
ALLAN RICHARDSON come hongos, aunque prometió a su esposa no hacerlo.
La señora y su hija no permanecían inactivas. Cuando las
alucinaciones se encontraban aún en su fase inicial, notamos que
la madre movía rítmicamente los brazos tarareando en voz
baja algo incoherente. Las palabras se transformaron pronto en sílabas
sueltas y precisas que parecían horadar las tinieblas. Luego, por
etapas, la curandera empezó a entonar un cántico con tonalidades
de música primitiva. Me pareció un preludio a la aparición
del "Anciano de Muchos Días". Bien avanzada la noche,
la hija hizo coro a la madre. Cantaban bien, con firmeza, aunque en voz
baja, un canto de indescriptible emotividad y ternura, fresco, vibrante
y melodioso. Nunca había imaginado que la lengua mixeteca se prestara
a tanta poesía. Si el encanto de aquella hora se debió en
parte a la ilusión causada por los hongos, las alucinaciones deben
ser auditivas, además de visuales. Por no ser musicólogo,
ignoro si el cántico era de inspiración europea o, en parte,
indígena. De vez en cuando el salmo llegaba a su culminación,
cesaba de pronto, y la curandera barbotaba algunas palabras violentas,
febriles, rotundas, que caían en la obscuridad como puñaladas.
Eran los hongos que por su mediación transmitían -según
creencia de los indios- la respuesta de Dios a los problemas planteados
por los participantes en el rito. A intervalos, tal vez cada media hora,
había un corto intermedio. Descansaba la señora y algunas
personas encendían cigarrillos.
En cierto momento, mientras la hija cantaba, la señora se puso
de pie en un lugar despejado del aposento e inició una danza cadenciosa,
con aplausos o palmadas. No sé exactamente cómo logró
ese efecto. Los aplausos o palmadas producían un ruido resonante
y real. No pareció emplear ningún artificio, fuera de golpear
una palma contra la otra o quizás ambas contra el cuerpo. Aplausos
y palmadas poseían un tono peculiar; su ritmo era complejo a veces,
y su insistencia y volumen variaban sutilmente. Supongo, mas sin seguridad
porque nos hallábamos en la obscuridad, que la señora miraba
sucesivamente hacia los cuatro puntos cardinales. De todos modos, estoy
seguro de que aquellos misteriosos sonidos de percusión se producían
por ventriloquia; procedían de lugares y distancias imprevisibles,
y resonaban tan pronto cerca como lejos de mis oídos, arriba, abajo,
aquí, allá, a la manera del fantasma de Hamlet, hic et ubique.
Estábamos hechizados y atónitos.
Recostados en la estera, y en la obscuridad, hablábamos en voz
baja y tomábamos notas, con el cuerpo inerte y pesado como plomo,
mientras nuestros sentidos flotaban libremente en el espacio, acariciados
por la brisa, contemplando vastos panoramas o explorando jardines de belleza
inefable. Al mismo tiempo llegaba a nuestros oídos el canto de
la curandera joven y las palmadas delicadas, ultraterrenas, de criaturas
invisibles que se deslizaban en derredor.
Los indios que habían comido hongos hacían coro. En momentos
culminantes proferían exclamaciones de asombro y adoración,
en tono suave, como en respuesta a las cantantes y en armonía con
sus voces. Eran exclamaciones espontáneas y de calidad artística.
En aquella primera ocasión el sueño nos venció a
todos alrededor de las 4 de la mañana. Allan y yo despertamos a
las 6, descansados, con la mente despejada, y emocionados por la experiencia
hecha. Los amables dueños de la casa nos sirvieron café
y pan. Después nos despedimos y regresamos a pie a la casa donde
nos habíamos alojado, a unos dos kilómetros de distancia.
Un rito raro y solemne, y éxtasis en las tinieblas
Durante dos noches extrañas, infinitas, tenebrosas, Wasson y Richardson
permanecieron sentados en un cuarto subterráneo con la curandera
Eva Méndez. La primera, ambos probaron los hongos sagrados y tuvieron
alucinaciones. La segunda, Richardson se abstuvo de comerlos e instaló
su flash, y apuntando en la obscuridad la cámara hacia el sitio
en que se producían los ruidos, fotografió algunos aspectos
de la ceremonia.
En letanía solemne y cadenciosa, Eva Méndez cantó
una invocación al hongo en nombre de Jesucristo, proclamó
sus buenas intenciones y conjuró a los espíritus. Conforme
avanzaba el rito, Wasson se perdía en un laberinto de fantasías.
"Por primera vez, dijo, comprendí el significado de la palabra
éxtasis. Por primera vez fue algo más que la descripción
del estado mental de otra persona."
SOSTENIENDO
una vela de cera virgen ante las humeantes brasas de copal, el milenario
incienso de los indios, Eva Méndez invoca a los santos. Los niños
permanecieron en el cuarto, aunque no tomaron parte activa en la ceremonia.
EL
MOMENTO CULMINANTE llega a eso de las 3:30 a.m., cuando Eva Méndez
"cura" a su hijo enfermo, de 17 años. Mientras éste,
sonriendo, se extasía con las visiones evocadas por los hongos,
la madre pide consejo al cielo. El niño de la drecha, arrullado
quizás por las rítmicas invocaciones, duerme tranquilo durante
el rito. Unos 12 indios de rostro impasible, sentados o acostados sobre
petates, pasaron la noche en el cuarto subterráneo de 6 por 6 metros.
EN
UNA LETANÍA al empezar la noche, la curandera recita sus múltiples
cualidades: "¿No soy virtuosa? Soy creadora, soy estrella,
galgo, mujer celestial. Soy personificación femenina de la nube
y del rocío que cubre la hierba."
EN
MEDITACIÓN silenciosa, Eva Méndez se sienta ante el jarro
de hongos. Aunque comió una ración doble, permaneció
tranquila, en actitud digna, pronunciando invocaciones poéticas,
impaciente a veces con los espíritus tardíos.
De las muchas ceremonias
con hongos sagrados que he visto, nueve en total, he sacado en claro que
deben hacerse en congregación, por lo menos en la región
mixeteca. Y como la costumbre de congregarse a fin de participar en la
ceremonia debe de provenir de la tradición aborigen, los indios
tienen que superar mucho en número a los blancos. Empero, esto
no significa que los hongos pierdan sus virtudes cuando no se los come
en grupo. Mi esposa y nuestra hija Masha, de 18 años, se reunieron
con nosotros un día después de la ceremonia, y el 5 de julio,
arrebujadas en bolsas de dormir, comieron hongos sin más compañía
que la mía y la de Allan. Ellas también fueron presa de
alucinaciones y vieron visiones multicolores como nosotros. Mi esposa
asistió a un baile en el Palacio de Versalles, en el que personajes
ataviados con trajes de época, bailaban un minué de Mozart.
Nuevamente, el 12 de agosto de 1955 -seis semanas después de haber
recogido los hongos en México- comí algunos, ya secos, en
mi casa de Nueva York y descubrí entonces que el poder alucinante
de las setas, lejos de disminuir, había aumentado bastante.
POR LA MAÑANA, después de comer hongos, Wasson y su esposa
revisan las notas que él tomó a obscuras. Los frascos contienen
hongos para Heim.
Durante un paseo por el bosque, hace muchos años, mi esposa y yo
decidimos lanzarnos por el mundo en busca del hongo misterioso. Nos casamos
en Londres en el año 1926. Ella, de estirpe rusa, nacida y educada
en Moscú, acababa de graduarse en medicina en la Universidad de
Londres. Yo soy de Great Falls, Montana, y desciendo de anglosajones.
A fines del verano de 1927 pasamos una vacación en las montañas
de Catskill de Nueva York. Durante la tarde del primer día salimos
a caminar por una encantadora senda que atravesaba varios bosquecillos
en los que se filtraban los rayos oblicuos de un sol poniente. Eramos
jóvenes enamorados sin preocupaciones. De pronto mi esposa se alejó.
Había visto unos hongos silvestres en la espesura y, corriendo
sobre la alfombra de hojas secas, se arrodilló, en actitud reverente,
ante varios grupos de aquellas plantas. Extasiada, les dio todo género
de nombres cariñosos en ruso. Los acarició y aspiró
su aroma agreste. Yo, como buen anglosajón, nada conocía
del mundo de las setas, y consideraba que cuanto menos supiera de esas
traicioneras excrecencias, tanto mejor. Para ella, eran dechados de gracia
de infinito atractivo para una mente perceptiva. Insistió en recoger
algunos ejemplares, riéndose de mis protestas y mofándose
de mi horror. Regresó a la cabaña con la falda llena de
hongos, y los limpió y cocinó. Esa misma noche se los comió,
ella sola, mientras yo, su flamante marido, me imaginaba ya convertido
en viudo a la mañana siguiente.
Aquel hecho desconcertante y penoso para mí, dejó en ambos
una huella perdurable. Desde entonces buscamos explicación a la
diferencia cultural que nos separaba en ese minúsculo sector de
nuestras vidas. El método que seguimos consistió en recopilar
cuanto dato existiera acerca del aprecio que los pueblos indoeuropeos
y sus vecinos tenían a los hongos silvestres. Procuramos determinar
las variedades conocidas por cada pueblo, cómo las usaban y los
nombres vernáculos que les daban. Hurgamos en la etimología
de dichos nombres hasta llegar a las metáforas ocultas en sus raíces.
Buscamos alusiones a los hongos en mitos, leyendas, baladas y proverbios,
en obras de escritores inspirados en el folklore, en frases estereotipadas
del habla común, en la jerga y hasta en los reveladores recovecos
del vocabulario obsceno. Buscamos su rastro en las páginas de la
historia, en el arte y en las Escrituras Sagradas. No nos interesaba lo
que se pudiera estudiar en los libros acerca de los hongos, sino lo que
la gente del campo aprende, sin mentores, desde la infancia, la herencia
folklórica del círculo hogareño. Habíamos
dado sin proponernos con un campo de investigación que todavía
no había sido explorado.
A medida que ampliábamos nuestros conocimientos descubrimos en
la información reunida la existencia de un hecho constante. Cada
pueblo indoeuropeo es, por herencia cultural, "micófobo"
o "micófilo": o rechaza y desconoce totalmente el mundo
de los hongos, o lo conoce y aprecia en forma sorprendente. Las pruebas
abundantes y a menudo graciosas de esta teoría abarcan muchas secciones
de un nuevo libro en el cual exponemos el caso y lo sometemos al juicio
de los eruditos. Los rusos son grandes micófilos, como también
los catalanes, quienes poseen más de 200 vocablos para designar
a los hongos. Los antiguos griegos, celtas y escandinavos eran micófobos,
como los anglosajones. Otro fenómeno que cautivó nuestra
atención es que desde las épocas más remotas los
hongos silvestres aparecen rodeados del aura sobrenatural que los antropólogos
llaman maná. Incluso el nombre en inglés de tales hongos,
toadstool (literalmente asiento de sapo), significó quizás
originalmente demonic stool (asiento del demonio) y se aplicó en
concreto a un hongo alucinante de Europa. En la Grecia y Roma antiguas
se creía que ciertas variedades eran procreadas por el rayo. Nuestras
investigaciones acerca de este mito, carente de todas base científica,
demostraron que tiene aún creyentes entre los pobladores de países
separados entre sí por grandes distancias, como los beduinos, hindúes,
persas y pamirios, tibetanos, chinos, filipinos, maorís de Nueva
Zelandia y hasta zapotecos mexicanos... Este cúmulo de pruebas
nos llevó hace muchos años a formular una premisa audaz:
quizás en tiempos prehistóricos remotos nuestros antepasados
hayan adorado un hongo divino, lo que explicaría la aureola de
poder sobrenatural que parece envolver al hongo. Nosotros fuimos los primeros
en exponer la hipótesis de la existencia de un hongo divino en
la cultura primigenia de Europa, y esta conjetura, a su vez, planteó
otra interrogación: ¿Qué clase de hongo adoraron
aquellos pueblos y por qué?
Nuestra hipótesis no resultó demasiado desacertada. En Siberia
existen seis pueblos primitivos (tanto que los antropólogos los
consideran reliquias de museo, ideales para el estudio de la cultura primitiva)
que celebran ritos mágicos con hongos alucinantes. Los dayacas
de Borneo y los aborígenes del monte Hagen de Nueva Guinea emplean
unos hongos similares. En China y Japón, según una antigua
tradición, hay un hongo divino "de la inmortalidad";
y en la India, conforme a cierta escuela, después de comer hongos
en su última cena, Buda se sumió inmediatamente en el Nirvana.
Cuando Hernán Cortés conquistó a México, sus
acompañantes relataron que los aztecas usaban determinada clase
de hongos en sus festividades, sirviéndolos, según decían
los primeros frailes misioneros, en una comunión diabólica,
con el nombre de teonanacatl o "carne de Dios". Nadie se preocupó
entonces por estudiar esta costumbre, y los antropólogos le han
concedido poca atención hasta ahora. Movidos por nuestro interés
en la materia, nosotros aprovechamos la oportunidad de conocer el rito
que se nos presentó en México; y en el curso de los años
hemos invertido nuestras escasas horas de ocio en la búsqueda del
hongo divino, tanto en ese país como en la América Central.
Creemos haber descubierto sus vestigios en unos frescos del valle de México
que datan más o menos del año 400, y en los "hongos
de piedra" labrados por los mayas de las sierras de Guatemala, cuyos
orígenes se remontan, en uno o dos casos, por lo menos, hasta el
año 1000 a. de J.C.
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UN
DIBUJO MEXICANO del siglo XVI muestra tres hongos mágicos,
un hombre comiéndolos y, atrás, un dios que le habla por
medio de las setas.
EL HONGO de piedra, de Guatemala,
esculpido durante el siglo V a. de J.C.
Al día siguiente
de nuestra aventura nocturna, Allan y yo no hicimos otra cosa que hablar
de ella. Habíamos asistido a una ceremonia ritual, con canto y
danza, jamás descrita por antropólogos del Nuevo Mundo,
ceremonia notablemente parecida, en varios aspectos, a las celebradas
por algunos arcaicos pueblos paleo-siberianos. Pero quizás el significado
de lo que habíamos presenciado tuviera una trascendencia mayor.
Los hongos alucinantes son productos naturales, teóricamente al
alcance del habitante de muchos parajes del planeta, incluso Europa y
Asia. En el curso de su evolución, mientras buscaba a tientas el
remedio de su pobre condición, el hombre debe haber llegado a descubrir
el secreto de los hongos alucinantes. El efecto que le produjeron no pudo
ser sino profundo y actuar como una especie de detonador de nuevas ideas.
Debieron de revelarle, por medio de las alucinaciones, mundos situados
más allá de los horizontes por él conocidos, en el
espacio y el tiempo; mundos de diversos niveles de existencia, un paraíso
quizás, tal vez hasta un infierno. En la mente crédula del
ser primitivo, los hongos deben haber fortalecido el concepto de lo milagroso.
El hombre comparte con el animal muchas emociones, pero las de glorificación,
veneración y temor de Dios son privativas del género humano.
Al rememorar el beatífico asombro, el éxtasis y el caritas
engendrados por los hongos divinos, nos atrevemos a formular la hipótesis
de que quizás a ellos se deba la idea misma de Dios en el hombre
primitivo.
No por mera casualidad, tal vez, el indio Filemón contestó
así a mi pregunta acerca del efecto de los hongos: "Lo llevan
ahí donde Dios está." Oí repetidas veces la
misma respuesta, casi como si se tratara de un catecismo, de labios de
indios de diversas zonas culturales. En todo tiempo han existido almas
extraordinarias -los místicos y los poetas- que sin ayuda de drogas
han tenido acceso al reino de quimeras cuya llave es el hongo alucinante.
William Blake conocía el secreto: "Si la visión de
la imaginación -decía- no es más fuerte y más
clara que la de los ojos mismos, se puede decir que en verdad, la imaginación
no existe." Pero es innegable que los hongos ponen tales visiones
al alcance de un gran número de mortales. Las visiones debieron
de surgir sin duda de nuestro propio ser. Mas no recordaban nada que hubiéramos
visto previamente con nuestros propios ojos. En algún lugar recóndito
del ser existe tal vez un repositorio donde tales visiones permanecen
hasta ser conjuradas. ¿Son mutaciones subconscientes de cosas leídas,
vistas e imaginadas, transmutadas de tal manera que al ser invocadas emergen
con formas que no se pueden reconocer? ¿O es que los hongos agitan
abismos mucho más profundos, los abismos de lo Desconocido?
A medida que ampliábamos nuestro conocimiento acerca del uso de
los hongos divinos en cada una de las visitas sucesivas que hicimos a
los pueblos indígenas del sur de México, surgían
nuevas y no menos emocionantes cuestiones. En cinco zonas culturales los
indios conjuran el poder milagroso de los hongos, pero el empleo que hacen
de ellos varía mucho de una región a otra. Es indispensable
una investigación práctica efectuada en cada una de dichas
zonas por expertos antropólogos y micólogos. Hay contados
especialistas en hongos, pues la micología es un campo poco explorado
de las ciencias naturales. Entre estos micólogos figura el profesor
Roger Heim, director del Museo Nacional de Historia Natural de Francia,
de prestigio universal, pues no sólo posee un vasto conocimiento
micológico sino que es erudito en otras ramas de la ciencia y versado
en humanidades. Él nos asesoró durante las primeras etapas
de nuestra investigación, y en 1956, en vista del progreso que
habíamos hecho, juzgó conveniente acompañarnos en
la siguiente expedición. La integraban además un químico,
el profesor James A. Moore de la Universidad de Delaware; un antropólogo,
Dr. Guy Stresser-Péan, de la Sorbona, y nuevamente, como fotógrafo,
nuestro leal amigo Allan Richardson.
CULTIVADOS en París los hongos recogidos en México por el
profesor Heim se reproducen en el laboratorio. Estos son Psilocybe Mexicana
de Heim.
Esta vez el problema primordial consistió en identificar los hongos
alucinantes y disponer el modo de abastecer de ellos a los laboratorios
que los estudiarían, problema más difícil de lo que
el lego puede imaginar. Aunque los primeros cronistas españoles
de la época de la colonia ya hicieron referencia a los hongos divinos
hace cuatro siglos, ni antropólogos ni micólogos se habían
preocupado, hasta la época actual, por profundizar la materia.
Los únicos que conocen tales hongos son los indios de las tribus
más alejadas de nuestra cultura, aisladas de la civilización
por barreras montañosas y murallas idiomáticas. El investigador
debe ganarse la confianza de los aborígenes y vencer las sospechas
que despierta en ellos el hombre blanco. Debe estar resuelto, además,
a soportar incomodidades y a afrontar el peligro de las plagas que flagelan
las aldeas en la temporada de las lluvias, época en que crecen
los hongos. Durante la estación seca, se ven algunos blancos; pero
al llegar las lluvias los contados extraños, misioneros, arqueólogos,
antropólogos, botánicos y geólogos, desaparecen.
Existen otras dificultades. Por ejemplo, de los siete curanderos que comieron
hongos en mi presencia, sólo dos, Eva Méndez y su hija,
son seres consagrados a la profesión. Entre los demás dimos
con sujetos de carácter dudoso. Uno de esos curanderos comió
sólo una dosis mínima, casi simbólica de hongos,
y otro comió y nos sirvió unos de cierta variedad carente
de cualidades alucinantes. Si sólo nos hubiéramos encontrado
con estos simuladores, habríamos creído que las pregonadas
propiedades de los hongos eran simple ilusión, un notable ejemplo
del poder de la autosugestión. ¿Pero se trataba realmente
de supercherías, o es que los hongos secos habían perdido,
con el tiempo, su virtud peculiar? ¿O acaso (y esto encierra mayor
interés antropológico) algunos curanderos substituyen deliberadamente
las variedades genuinas por otras inocuas, convencidos de que los efectos
espirituales de algo tan sagrado para ellos, son superiores a las fuerzas
del hombre? Aun cuando se haya ganado la confianza de una practicante
honesta como Eva Méndez, el ambiente debe ser propicio para que
la ceremonia resulte perfecta, y se necesita además abundancia
de hongos, que a veces escasean hasta en la época pluvial, como
lo descubrimos por propia y gravosa experiencia.
Hoy sabemos a ciencia cierta que en México se usan siete clases
de hongos alucinantes. Pero no todos los indígenas, ni siquiera
los de las aldeas donde se les rinde culto, las conocen; y los curanderos,
ya sea por buena fe o por complacer al visitante, a veces sirven hongos
espurios. Sólo comiéndolos sale uno de dudas. Por observación
directa Heim y yo hemos determinado las cualidades de cuatro especies.
Fuera de la experiencia personal, como método de estudio es aconsejable
obtener confirmación múltiple de informadores que no se
conozcan entre sí y que, si es posible, sean nativos de diversas
regiones culturales. Así procedimos nosotros con otras variedades.
Hoy estamos seguros de las propiedades de cuatro especies; hasta cierto
punto de las de otras dos, y nos inclinamos a aceptar las que se atribuyen
a una séptima especie. Las siete pertenecen a tres géneros.
Seis, por lo menos, parecen ser nuevas para la ciencia y quizás
logremos descubrir otras más.
Los hongos no se emplean como agentes terapéuticos. Por sí
solos, no producen curaciones. Los indios los "consultan" cuando
se sienten perturbados por graves problemas. Si alguien enferma, los hongos
revelan la causa del mal, pronostican si el paciente sanará o morirá
y prescriben lo que debe hacerse para acelerar la recuperación.
Si el veredicto es mortal, el enfermo y su familia se resignan: aquél
pierde el apetito y pronto muere, mientras sus parientes empiezan a preparar
el velatorio, aún antes del fallecimiento. También se puede
preguntar a los hongos quién se ha robado un burro y dónde
está. Y si el hijo amado salió a correr mundo -quizás
en calidad de "espada mojada", como se denomina a los jornaleros
que cruzan a nado el Río Grande para trabajar en los EE.UU.- los
hongos hacen de servicio postal: dicen si el emigrado vive o no, si está
en la cárcel, si se ha casado, si pasa apuros o prospera. Los indios
creen que los hongos abren las puertas de lo que llamamos percepción
extrasensoria.
Poco a poco afloran las propiedades de los hongos. Los indios que los
comen no se vuelven "micoadictos". Cuando pasan las lluvias
y los hongos desaparecen, su falta no les produce angustia fisiológica
alguna. Cada clase de setas posee determinada fuerza alucinadora, y cuando
no hay suficientes de una misma especie, los indios mezclan dos o más
variedades, calculando rápidamente la dosificación correcta.
Los curanderos acostumbran a tomar una porción grande, y cada cual
aprende por experiencia a determinar la dosis que le conviene. Según
parece, el uso repetido del hongo no obliga a aumentarla. Algunas personas
requieren porciones mayores que otras. El aumento de la dosis intensifica
las emociones, mas no prolonga mucho el efecto. Los hongos agudizan la
memoria y anulan por completo la noción del tiempo. En la noche
que he descrito, Allan y yo vivimos eternidades. Cuando suponíamos
que una sucesión de imágenes había durado años,
el reloj nos indicaba que sólo habían transcurrido apenas
unos cuantos segundos. Teníamos las pupilas dilatadas y el ritmo
del pulso lento. Parece que los hongos mágicos no producen efecto
acumulativo en el organismo. Eva Méndez los come desde hace 35
años, noche tras noche, durante la temporada de lluvias.
Los hongos plantean además un problema químico: ¿Qué
substancia desencadena las extrañas alucinaciones? Tenemos pruebas
verosímiles de que es un agente distinto a las drogas conocidas:
opio, coca, mescalina (droga extraída de un cacto mexicano), haxix,
etc. Pero el químico tendrá que andar mucho para aislarlo,
analizar su estructura molecular y reproducirlo sintéticamente.
La solución del problema es de sumo interés en el reino
de la ciencia pura. Su solución quizás pueda resultar útil
para el tratamiento de perturbaciones psíquicas.
Mi esposa y yo hemos viajado y aprendido mucho desde aquel día,
hace 30 años, en que durante una excursión por las Catskill
notamos por primera vez la singularidad de los hongos silvestres. Pero
nuestros descubrimientos han servido apenas para ensanchar horizontes.
Vamos a emprender una quinta expedición a las aldeas de México,
con el propósito de acrecentar y pulir nuestros conocimientos acerca
del papel de los hongos en la vida de estos pueblos indígenas.
Pero esto no es más que el principio. Toda prueba relacionada con
el origen primitivo de las culturas europeas debe ser revisada, con objeto
de averiguar si el hongo alucinante desempeña también alguna
función ya olvidada por la posteridad.
Raros hongos alucinantes se ven por primera vez
En la última expedición que emprendió para buscar
y estudiar los hongos alucinantes, Wasson tuvo por compañero un
amigo, el profesor Roger Heim, micólogo de fama mundial y director
de Museo Nacional de Historia Natural de Francia. Wasson le había
enviado ejemplares recogidos en tres viajes anteriores. Ahora Heim podría
examinar los hongos en el campo, comerlos con los indios e idear técnicas
para cultivarlos en el laboratorio. LIFE en Español reproduce aquí
las acuarelas pintadas por Heim que presentan, en tamaño natural,
las siete clases de hongos alucinantes descubiertos hasta hoy. Cuatro
de ellas son especies nuevas para la ciencia, y dos de las otras, variedades
nuevas de una especie ya conocida, la psilocybe caerulescens Murrill.
Nadie sabe todavía qué drogas contienen los hongos que producen
alucinaciones a quien los come, y es preciso tratarlos con suma cautela
mientras sus propiedades no estén claramente definidas. Entre los
indios su uso está limitado por todo género de restricciones.
En contraste con los hongos comestibles comunes, los alucinantes no se
venden nunca en los mercados; y ningún indígena osa comerlos
por el afán de sentir la exaltación que causan. Los propios
indios advierten que el empleo de tales hongos es muy "delicado".
CON el profesor Heim, Wasson (derecha) busca algunos espécimen
de hongos sagrados en una ladera cercana del pueblo.
Aquí hallaron
dos variedades.
NIÑO de las aguas", para los aztecas, el Psilocybe
Aztecorum de Heim crece en la yerba del volcán Popocatépetl.
EXCRECENCIA de troncos podridos, el Conocybe Siligineoides de Heim fue
encontrado por Wasson en 1955.
ERALE descubrió en Cuba, en el año 1904, el Stropharia
cubensis. Este hongo brota en el estiércol vacuno.
LA corona de espinas", el Psilocybe Zapotecorum de Heim nace en pantanos.
Se lo halló en 1955.
DERRUMBE" llámase al Psilocybe caerulescens de Murrill,
Mazatecorum de Heim, que crece en bagazo de caña.
HONGO de la razón" o Psilocybe caerulescens Murrill, variedad
nigripes Heim, es de la zona chatina.
ESTIMADO
por los indios, y el más difundido de estos hongos, el Psilocybe
mexicana de Heim crece entre pasto.
NOTA
DE RECONOCIMIENTO: Por la colaboración
que les dispensaron, el autor de este artículo y su esposa expresan
su agradecimiento a las siguientes personas: En México, principalmente
a Robert J. Weitlander; a Carmen Cook de Leonard y su esposo Donald Leonard;
a Eunice V. Pike, Walter Miller, Searle Hoogshagan y Bill Upson, del Instituto
Lingüístico de Verano. En los EE.UU., a Gordon Ekholm, del
Museo de Historia Natural de Nueva York, y Stephan F. de Borhegyi, director
del Museo Stovall de la Universidad de Oklahoma. Igualmente agradecen
la ayuda material de la American Philosophical Society, del Fondo Geschickter
para Investigaciones Médicas y del Banco Nacional de México,
institución que puso a disposición de los esposos Wasson
su aeroplano particular y los servicios del excelente piloto capitán
Carlos Borja. Por su asesoramiento en micología, agradecen en forma
especial al profesor Roger Heim, director del Museo Nacional de Historia
Natural de Francia; y por sus consejos en general sobre el tema, a Roman
Jakobson, de la Universidad de Harvard; Robert Graves, de Mallorca; Adriaan
J. Barnouw, de Nueva York; Georg Morgenstierne, de la Universidad de Oslo;
L. L. Hammerich, de la Universidad de Copenhague; André Martinet,
de la Sorbona, y René Lafon, de la Facultad de Letras de Burdeos.
Los nombres de personas, lugares, razas e idiomas indígenas mencionados
en el texto de este artículo fueron alterados ex professo.
Libros del autor
La Busca de Perséfone. Los enteógenos y los orígenes
de la religión (con otros autores; ensayos sobre la relación
entre hongos enteogénicos y varias religiones, desde Grecia clásica
hasta el hinduismo o el budismo)
El Camino a Eleusis. Una solución al enigma de los misterios
(con otros autores; exploración del uso de preparados enteogénicos
en el templo de Eleusis, en la Grecia clásica)
Soma: El hongo divino de la inmortalidad (estudio histórico
sobre el uso de un enteógeno en la cultura Védica, y la
identificación de este enteógeno con la Amanita muscaria)
Rusia Mushrooms and History (co-escrito con su esposa Valentina
Pavlovna; tratado principal de las investigaciones de los Wasson, resultado
de su estudio durante más de 30 años sobre la relación
de los hongos con los orígenes de las religiones)
Teonanácatl: el hongo maravilloso. Micolatría en
Mesoamérica (completo estudio sobre el hongo enteogénico
y las culturas americanas: María Sabina a la cabeza)
Página sobre hongos enteógenos
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