El 9 de octubre, cuando lo asesinaron, debería celebrarse el Día de su Inmortalidad

Los vencedores del Che prefieren conmemorar el día de su derrota

Por Wilson García Mérida


El 8 de octubre es la fecha asociada a la memoria del Che Guevara, es el día en que se lo recuerda; pero en rigor histórico aquel es el día feliz para sus enemigos que lo derrotaron en medio de una total indefensión. Y es el 9 de octubre la fecha que no debemos olvidar; fue cuando la dictadura de Barrientos lo asesinó cobardemente por órdenes de la CIA. Este es el Día de la Inmortalidad del Che.
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El mundo se quedó en la trampa del 8 de octubre, y lo celebra, junto a quienes derrotaron al comandante Che Guevara aquel día, en 1967, cuando cayó solitario ante el ejército boliviano al ser capturado, en la quebrada del Churo, con una herida de bala en la pantorrilla derecha y el asma que lo devoraba. Ese día fue desmantelado lo último que quedaba de la principal columna guerrillera comandada por Ernesto Guevara. Todos huyeron y él no pudo. El 8 de octubre es un día de derrota, es cuando el Che baja su arma averiada y, cojeando, se entrega prisionero al enemigo junto al minero Simón Cuba, “Willy”, el último guerrillero que lo acompaña como su Lazarillo. El 8 de octubre es un día de fiesta para quienes derrotaron al Che. Es un día triste que no deberíamos celebrar.
Pero el día que en justicia debe ser recordado como la fecha más importante en esta historia, el día en que el comandante heroico —desarmado e indefenso— derrotó definitivamente a sus enemigos, es el día en que lo asesinaron cobardemente: 9 de octubre.

El 9 de octubre es el Día de la Inmortalidad del comandante Ernesto Che Guevara. Es cuando nació el luminoso mito que hoy guía el destino libertario de los pueblos del mundo.

Al mediodía de aquel 9 de octubre de 1967, mientras el Che permanecía sentado sobre el piso de tierra en un rincón de la escuelita de La Higuera, dos soldados del ejército boliviano, el suboficial Mario Terán y el sargento Bernardino Huanca que pertenecían al batallón comandado por el mayor Miguel Ayoroa, entraron al cuartucho semioscuro donde reposaba el Che curando la herida de su pantorrilla, y lo ultimaron con ráfagas de ametralladora a quemarropa. Terminaron igual con la vida del otro prisionero, Simón Cuba, “Willy”, que permanecía encerrado en un cuarto contiguo.
Aquella operación de asesinato selectivo fue ordenada premeditadamente por el dictador Barrientos y su Alto Mando Militar que estaba bajo las órdenes de la CIA y del Pentágono. La orden fue transmitida por el general Joaquín Zenteno Anaya, comandante de la Octava División de Ejército que voló personalmente hacia La Higuera para autorizar a los dos hombres del mayor Ayoroa la ejecución sumaria. Zenteno Anaya se comunicó a las diez de la noche del 8 de octubre con los soldados que habían capturado al Che, pidiendo que lo mantengan vivo hasta su arribo a La Higuera. Llegó a las 11 de la mañana del día 9; dio la orden personalmente y la ejecución se produjo al media día. A las 13:30 el gobierno emitió un boletín de prensa informando que el Che había muerto “en combate”.

Intervención de la CIA

La ejecución del Che, al mediodía del 9 de octubre, no se produjo sino después de que el agente de la CIA Félix Ramos, un cubano disidente que asesoraba personalmente a Zenteno Anaya, conversara a solas con el Che, a quien conocía personalmente. Según informó uno de los captores del Che, el entonces capitán Gary Prado Salmón, el agente de la CIA Ramos, que ostentaba grado de Capitán, “fue el único extranjero que tuvo acceso al Che durante su detención. Nunca estuvo en las operaciones y estaba asignado al Comando de la Octava División para efectos de inteligencia, habiendo llegado hasta Vallegrande sólo cuando se produjo la captura del jefe guerrillero”.
Fue Ramos quien influyó en la decisión de los militares bolivianos comandados por el dictador Barrientos para asesinar cobardemente al Che, con el argumento de que mantenerlo con vida y enjuiciarlo por sedición o terrorismo sólo acrecentaría el mito viviente que ya era entonces. Pero su asesinato acrecentó ese mito mil veces más.

La autopsia

En el certificado de Defunción emitido por el Hospital “Señor de Malta” de Vallegrande, se lee que “el día 9 del presente, a horas 5:30 fue traído el cadáver de un individuo que las autoridades militares dijeron pertenecer a Ernesto Guevara, de aproximadamente 40 años de edad, habiéndose constatado que su fallecimiento se debió a múltiples heridas de balas en tórax y extremidades”.
El médico Moisés Abraham Baptista, director del Hospital de Malta, quien décadas después se vería vinculado con los grupos paramilitares de la dictadura de García Meza, junto al médico forense José Martínez Casso, emitió un informe de la autopsia donde se detallan las heridas que el Che había sufrido “en combate”:

1.- Herida de bala en región clavicular izquierda, con salida en región escapular del mismo lado.
2.- Herida de bala en región clavicular derecha, con fractura de la misma sin salida.
3.- Herida de bala en región costal derecha, sin salida.
4.- Dos heridas de bala en región costal lateral izquierda con salidas en región dorsal.
5.- Herida de bala en región pectoral izquierda entre las costillas 9ma. Y 10ma. Con salida en región del mismo lado.
6.- Herida de bala en tercio media de pierna derecha.
7.- Herida de bala en tercio medio del muslo izquierdo en seda.
8.- Herida de bala en tercio inferior de antebrazo derecho, con fractura de cúbito.


“La causa de la muerte fueron las heridas del tórax y la hemorragia consecuente”, decía el informe forense. Antes de ser enterrado en una fosa común de donde fue exhumado 31 años después, el gobierno ordenó se le cercenaran las manos para guardarlas como trofeo de guerra.

El Che Boliviano

“Hago formal renuncia de mis cargos en la Dirección del Partido, de mi puesto de Ministro, de mi grado de Comandante, de mi condición de cubano…”. Con aquellas palabras que fueron transmitidas mediante una carta de despedida —leída por Fidel Castro el 3 de octubre de 1965 ante el primer Comité Central del flamante Partido Comunista de Cuba (PCC)— Ernesto Che Guevara se despojaba de su uniforme oficial y por tanto de aquella legendaria boina que adornaba su frondosa melena con la estrella de Comandante, y que ya lo había convertido en un ídolo viviente desde su memorable comparecencia ante la ONU en Nueva York, en diciembre de 1964.

Un año después de conocerse aquella despedida, cuando llegó a Bolivia en noviembre del 66 tras su periplo en el Congo belga, el Che se transformó y se "bolivianizó" luciendo durante toda la campaña guerrillera una "cachucha" al estilo de los obreros de nuestro país. Había nacido así un Che Boliviano, al que identificamos gracias a la rigurosa y magistral labor historiográfica de nuestro colega el periodista Carlos Soria Galvarro, indiscutible autoridad en la materia.

La imagen boliviana del Che, la conocida y admitida oficialmente en el mundo entero, se reducía a la del guerrillero muerto y reencarnado en su mito, ahí, tendido en una morgue improvisada del hospital de Vallegrande, como botín de guerra de sus asesinos. Esa imagen de muerte hizo revivir otra: esa famosa foto de Korda, la del Comandante victorioso y pop, que quedó asociada a la de los propios íconos de la industria cultural de occidente como Marilyn Monroe, Groucho Marx, Chaplin o Lennon. Pero ese no es el Che que estuvo combatiendo en Bolivia, ni siquiera ese cadáver que parece Cristo resucitando. El Che Boliviano es otro, quizá definitivamente más anarquista y más inmortal todavía.